Pepe es un muchacho brillante, culto, bilingüe, talentoso. Tiene 25 años y un título en
comunicaciones que cuelga en su habitación como un cuadro decorativo, porque para
otra cosa no le ha servido. Habla inglés con una fluidez que haría sonrojar a los
traductores del Palacio de Gobierno. Sus amigos dicen que es el tipo más ingenioso que
han conocido, un genio para escribir, un orador nato. Pero hay un problema: Pepe lleva
más de tres años buscando trabajo y no consigue nada.
No es que le falten recomendaciones. Ha enviado su currículum a todas las agencias,
canales, empresas, periódicos y startups que aparecen en LinkedIn cuando uno busca
“trabajo en Lima”. También ha probado con “trabajo en Lima urgente”, “trabajo en Lima
cualquier cosa” y “trabajo en Lima por el amor de Dios”. Pero nada. Ni un llamado, ni
un “te llamamos en caso haya una vacante”, ni siquiera un “gracias por tu interés”.
Nada.
Mientras tanto, sus amigos, aquellos con los que compartía sus días y debatía sobre
fútbol y literatura en el colegio, están viajando por el mundo. Algunos trabajan en
empresas multinacionales, otros hicieron una maestría en Europa, y unos cuantos se han
convertido en nómadas digitales, esos seres misteriosos que ganan dinero sin que nadie
entienda exactamente cómo. Pepe los ve en Instagram, sonrientes, con una copa de vino
en París o esquiando en Suiza, mientras él sigue en Lima, mirando su bandeja de
entrada vacía y preguntándose si la vida se olvidó de él.
A veces, en sus noches de insomnio, Pepe se pregunta si se equivocó de carrera. Quizás
debió estudiar ingeniería o negocios, algo con “salida laboral”, como le aconsejaba su
amigo Ricardo, un tipo que nunca estudió nada, pero tiene tres empresas y dos casas en
la playa. Quizás el error fue creer en la falacia de “haz lo que amas y el dinero vendrá
solo”. Porque Pepe ama escribir, ama la comunicación, pero el dinero no viene ni con
GPS.
Pepe está frustrado. Y la frustración es un veneno que se filtra en cada pensamiento, en
cada conversación, en cada día que pasa sin respuestas. No puede viajar, no puede salir,
no puede hacer nada que requiera dinero porque, bueno, no tiene dinero. Y sin trabajo,
tampoco tiene perspectivas. Lima es una ciudad cruel para los soñadores sin billetera.
Pero Pepe no se rinde. O al menos eso intenta. Cada mañana se levanta, envía más
currículums, escribe emails, insiste. Quizás un día, en un golpe de suerte, alguien en
algún lugar lea su correo y piense: “Este muchacho es bueno, hay que darle una
oportunidad”. Mientras tanto, sigue esperando. Porque en Lima, el talento no basta.
Hace falta algo más: un milagro. Y Pepe, lamentablemente, no lo ha encontrado aún.










