Bobby se sienta en el sofá. No es que le encante estar ahí, pero es el único lugar donde el tiempo pasa sin hacer ruido, sin exigirle demasiado. Una Coca Cola a medio tomar sobre la mesa, el televisor encendido sin que realmente le preste atención, el celular en la mano, recorriendo LinkedIn con la vaga esperanza de que algún mensaje, alguna oferta de trabajo le devuelva la fe en sí mismo. No pasa nada.
Antes, la vida tenía un orden, un sentido. Se despertaba cada mañana, iba al cuarto de su abuela y la saludaba. Siempre estaba allí, esperándolo, como si la vida fuera un reloj bien engranado, preciso. Acariciaba a Indiana Jones, su gato, que al principio lo arañaba pero con los años se volvió tan suyo como cualquier otra parte de su mundo. Luego, la universidad. Clases, amigos, proyectos. Cada día tenía una razón de ser.
Pero la abuela de Bobby murió. Un mes después, Indiana Jones también se fue. Bobby ya no tuvo a quién saludar por las mañanas. No hubo tiempo de procesar la pérdida, de entenderla, de hacerle espacio en su cabeza. Todo ocurrió demasiado rápido.
Diciembre llegó como un golpe final. Bobby terminó la universidad con la sensación agridulce de quien gana una batalla pero pierde la guerra. ¿De qué servía ahora el diploma? No había nadie a quien mostrárselo con orgullo. Ni su abuela, ni su gato. Ni siquiera él mismo se sentía orgulloso. Lo único que quedaba era una casa vacía y la incertidumbre.
Después vino la mudanza. Un departamento hermoso, pero sin alma. Para Bobby, una casa no es solo paredes y muebles bonitos. Una casa es la brisa marina entrando por la ventana cada mañana. Es el olor a océano, la niebla por las mañanas. Ahí sí se sentía en casa. Aquí, no.
Encima, su perro favorito enfermó. No cualquier perro, sino aquel al que le puso el nombre de un legendario arquero de la selección española. No es una enfermedad grave, pero Bobby está ahí, esperando, con miedo de que la vida le arrebate otra pieza de su mundo.
Sus amigos también tomaron sus propios caminos. Algunos se fueron del país, otros tienen trabajo, novias, negocios. La vida avanza para todos, excepto para él. Ya no hay mensajes espontáneos preguntando si se ven en tal sitio, no hay llamadas nocturnas para arreglar el mundo en conversaciones largas. Su mejor amigo, el de siempre, ahora tiene prioridades distintas. Se ven poco, casi nunca.
En casa, todos lidian con sus propios problemas, sus propias penas. Bobby no habla de lo que siente porque no quiere ser una carga. Así que calla. Sonríe cuando puede, finge que está bien, porque sabe que los demás también están cargando lo suyo.
El trabajo no llega. Ha enviado currículums, ha actualizado su perfil, ha hecho conexiones, ha seguido todos los pasos que dicen los gurús de LinkedIn. Nada. Cada día que pasa sin respuestas, la frustración crece. A veces se pregunta si realmente sirvió de algo haber estudiado, si realmente hay algo ahí fuera para él.
Y mientras tanto, la vida sigue. Los días pasan. Bobby siente que la vida se le va, que está desperdiciando días valiosos, que se está perdiendo de experiencias. Ve fotos en redes sociales de gente viajando, saliendo, riendo, construyendo vidas. Y él sigue ahí, atrapado en la rutina del sofá, sintiendo que cada día es otro día perdido, otro día más en el que no ha hecho nada que realmente importe.
Por las noches, le cuesta dormir. Cierra los ojos y su cabeza no para. Recuerda cómo era su vida antes, cómo tenía una rutina, cómo las cosas parecían tener sentido. Se da vueltas en la cama, mira el techo, revisa el celular, ve TikTok para distraerse, pero no funciona. Hay una sensación de vacío que no se va, una angustia que lo sigue a todas partes.
Y por si fuera poco, afuera el mundo se desmorona. El país atraviesa uno de los peores periodos de inseguridad de su historia. Cada día hay noticias de robos, extorsiones, secuestros, asesinatos. Salir a la calle se siente como un riesgo. Antes, podía caminar tranquilo por su barrio, podía salir en bicicleta sin preocuparse demasiado. Ahora, cada vez que sale, siente que debe estar alerta, que en cualquier momento puede pasar algo. La seguridad también se ha ido, como todo lo demás.
Y así, los días se convierten en una repetición monótona. El sofá de la sala es su refugio, su prisión. Mira YouTube, lee las redes sociales, ve fútbol. Se convierte en un “Sofa Potato”, aunque deteste la idea. Quiere salir de este agujero, quiere encontrar el camino, pero no sabe por dónde empezar.
Lo único que sabe es que quiere ser feliz. Que quiere avanzar. Y aunque hoy no tenga claro cómo, en el fondo, confía en que lo logrará. Porque siempre lo ha hecho. Porque aunque la vida le haya volteado el mundo de cabeza, aunque el país parezca estar cayéndose a pedazos, aunque las noches sean largas e insondables, aún tiene sueños que cumplir. Y si algo ha aprendido de todo esto, es que, aunque el camino sea incierto, aunque los días sean pesados, siempre hay una manera de salir adelante. Solo tiene que encontrarla.










