Tengo un amigo del colegio llamado Benicio. No era exactamente mi mejor amigo, pero compartíamos aulas, recreos y algunas anécdotas que con los años se convirtieron en historias de advertencia. Desde los catorce años, Benicio tenía una sola obsesión en la vida: la juerga. Fiestas, chicas, alcohol y cigarros. Se movía con la seguridad de un adulto en un mundo que todavía no le pertenecía, como si tuviera un pase VIP a una vida de excesos que la mayoría de nosotros apenas entendíamos.
Yo, en cambio, era diferente. No era un estudiante brillante, pero tampoco era un desastre. Hacía mis tareas, intentaba aprender algo, y aunque no me prohibía salir de vez en cuando, lo hacía con control. No bebía, no fumaba, y evitaba a las chicas de bajo valor, esas que Benicio llamaba “diversión” pero que para mí solo eran problemas con piernas.
Benicio me miraba con desdén. Me llamaba “pavo”, “sonso”. Decía que perder el tiempo en los estudios era de mediocres, que la vida estaba en la calle, en los bares, en las discotecas. “¿Para qué te matas estudiando si igual todos terminamos trabajando?”, me soltaba entre trago y trago, convencido de que la fiesta era su plan de vida.
Salimos del colegio y, como era predecible, tomamos caminos distintos. Yo me metí a estudiar comunicaciones. No fue fácil, pero terminé la carrera. Benicio, en cambio, intentó estudiar un par de veces, pero abandonó en el primer mes. Siempre decía que la universidad no era para él, que él era un “hombre de la noche”. Se convirtió en promotor de discotecas, uno de esos muchachos que reparten entradas, arman listas y creen que manejan el mundo porque tienen un pase gratis a la barra. Nunca le pagaban un sueldo real, pero él estaba convencido de que era la gran cosa.
Ahora los dos tenemos 25 años. Yo me gradué, trabajo en lo mío y, aunque no me sobra el dinero, tengo algo que Benicio nunca tuvo: estabilidad. Él, por su parte, ha bajado un poco las revoluciones, dejó de jugar a ser el príncipe de la fiesta y trabaja en un casino. La vida nocturna sigue en su ADN, pero ya no brilla como antes.
Y entonces, un día cualquiera, me llama. Quiere postular a un trabajo como postproductor audiovisual. Lo curioso es que no sabe postproducción. Nunca estudió, nunca se preparó. Pero resulta que ahora sí le interesa. Y como sabe que yo sí aprendí algo en esos cinco años de universidad, me pide que le haga la postproducción de su video.
Ahí me quedé en silencio.
Porque ahora el “pavo” tiene algo que el rey de la noche necesita.
La vida da vueltas curiosas, pero yo me pregunto: ¿por qué debería ayudarlo? ¿Por qué debería regalarle mi tiempo, mis conocimientos, mi esfuerzo, a alguien que se rió de mí por hacer justamente lo que él nunca quiso hacer? Si hoy no sabe cómo hacer un video, es porque nunca quiso aprender. Si hoy no tiene las herramientas para avanzar, es porque nunca le interesó construirlas.
No le guardo rencor. La verdad, me da igual. Pero lo que sí tengo claro es que la vida no es un club nocturno donde te metes porque tienes contactos. La vida, tarde o temprano, te pide cuentas. Y Benicio, aunque le cueste admitirlo, está pagando las suyas.










