Hace algún tiempo, cuando culminaba una segunda carrera, tuve una compañera de clases cuyo pasatiempo favorito parecía ser el de coleccionar comentarios de lo más inconvenientes, en tono severamente autoritativo, sobre temas absolutamente inadecuados o delicados: sobre el cuerpo de otras mujeres, las costumbres ajenas comparándolas con las suyas, la crianza de los hijos —los de otros, por supuesto— e, incluso, en algún curso, cuestionando la moralidad de quienes no profesaban sus mismas creencias. Además de hacerlo apelando muchas veces a frases altisonantes y hasta procaces, las coronaba, por lo general, cuando alguien la interpelaba, con una justificación que se convirtió en verdadero “meme”: “¡Es mi opinión, es mi opinión, es mi opinión!”, repetía entornando los ojos.
Por supuesto, lo que tal persona esperaba es que esa fuese razón suficiente para eludir cualquier cuestionamiento que le hiciéramos, de forma o de fondo, en el supuesto de que toda opinión debe ser respetada. ¿Es eso verdad, como se reclama en las redes sociales, por ejemplo, que todas las opiniones merecen respeto únicamente porque representan la forma de pensar de otra persona? ¿Implica la libertad de opinión que el ejercicio que una persona haga de ese derecho no pueda ser cuestionado, un blindaje, digamos, a las palabras que haya emitido para expresar su posición respecto de un tema? ¿Son todas las opiniones igual de válidas? Y, por último, ¿qué es una opinión?
No suele ser un asunto fácil de dilucidar ni siquiera para supuestos entendidos en la materia como somos los y las periodistas. Lo digo porque en mis veintitantos años como profesora de periodismo y de redacción periodística, el tema que supuse sería más fácil desarrollar, por cuanto todos creemos que sabemos opinar, resultó ser el más espinoso. Por esa misma razón, parecía haber sido sorteado con frecuencia con profesores que me antecedieron en la materia, dejando al libre albedrío del estudiante organizar los textos propios de la opinión —los textos argumentativos—. El resultado: por lo común, un amasijo de ideas inconexas y hasta contradictorias. Se entiende poco lo que es la opinión.
Este ejercicio parte de un presupuesto general: todo lo existente es opinable. Vale decir, podemos emitir opiniones sobre cualquier cosa. Pero, ¿en qué consiste una opinión? ¿Qué la diferencia como mensaje de una definición, de una descripción o de un relato, por ejemplo? En que la opinión es básicamente un juicio de valor, una afirmación con la que valoramos una realidad utilizando alguna escala de valores, que pueden ser de tipo moral, ético, estético, práctico, lógico, etcétera, dependiendo del área o materia de la que estamos opinando. Es decir, con la opinión pretendemos interpretar la realidad señalando que el punto de vista desde donde lo vemos es el mejor.
Pero aquí es donde la afirmación de que todo lo existente es opinable se matiza, cuando esa interpretación de la que queremos convencer a los demás —y esa es la otra característica de la opinión: siempre intenta ser persuasiva— se topa con un conjunto de conocimientos sobre el tema del que estamos opinando que contradice o niega nuestra opinión. Dependerá entonces del grado de validez de esos conocimientos para saber si la materia sobre la que se pretende opinar se encuentra dentro de los saberes concluyentes, sobre los cuales ya se ha demostrado fehacientemente la verdad, o si se trata de saberes no concluyentes, en desarrollo. El conocimiento científico, principalmente, entre otras disciplinas, viene en auxilio de la opinión para salvarla del ridículo. Porque nada peor que opinar tonterías u obviedades.
Entonces, la opinión es un parecer. Pero no cualquier parecer: es uno que pretende demostrar su solidez, convencer a los otros de su verdad interpretativa, de su validez. Por eso, la mera expresión de un gusto o un deseo, aunque se confunde con la opinión, no lo es. Decir “estoy de acuerdo” o “no estoy de acuerdo”, no califica como opinión, sino como mera expresión de lo que podría llegar a ser una opinión con un poco de trabajo. Lo será plenamente en el momento en que la opinión elabore el punto de acuerdo o de desacuerdo, estableciendo el desafío, la polémica y los argumentos con los que sustenta esa interpretación de la realidad en cuestión. Tales argumentos tendrán que ser, además, válidos. La lista de los pseudo argumentos o falacias es harto conocida y coinciden en ser mecanismos para evadir el cuestionamiento o la revisión de la opinión para conocer su valor y alcance.
Cito algunos de los más comunes: apelar a la ignorancia, es decir, interpretar la falta de pruebas como si fuese una prueba, como suelen hacer las teorías conspirativas; atacar a la persona (ad hominem) en lugar de atacar el argumento que esta esgrime; catastrofismo o la “pendiente resbaladiza”, cuando alguien se opone a una medida o avance anunciando escenarios cada vez más temibles sin más pruebas que el “sentido común”; usar el “espantapájaros” o la ridiculización que distorsiona un argumento para atacarlo, haciéndolo decir lo que no nunca dijo; apelar a la autoridad (ad baculum), a las credenciales, la fama o la reputación de alguien como sola prueba; presentar una falsa dicotomía, es decir, simplificar temas complejos como si solo hubiera dos opciones excluyentes, cuando en realidad hay muchas más y no se oponen; y el “consuelo de tontos”, cuando se trata de distraer la atención sobre una acusación o pregunta con una repregunta o acusación de que la otra persona hizo “algo peor”. Y hay muchos más.
Eso sí: que una persona use falacias no significa que no tenga la razón, solo que no sabe sostenerla apropiadamente. Pero es claro que la opinión está más cómoda y segura en el territorio de los conocimientos aún en desarrollo o no concluyentes, y cada disciplina científica, por ejemplo, tiene algunos ya concluidos y otros no tanto, en mayor o menor medida. Es más: para opinar en verdad tendría que existir un tema polémico o conflictivo, porque de lo contrario la opinión es irrelevante. Por ejemplo, ¿qué sentido tiene opinar sobre la esfericidad de la Tierra, si se trata de un conocimiento sobre el cual en realidad no hay nada que cuestionar? No tiene sentido, aunque siempre se puede… apelando, claro, a falacias o a la negación del conocimiento.
Entonces, ¿es respetable esa opinión, en el sentido de que debemos sentirnos comprometidos con no cuestionarla en nombre de la libertad de opinión? De manera alguna. La libertad de opinión implica necesariamente la posibilidad de ejercerla también para rebatir una opinión que consideramos equivocada. Lo que se respeta siempre es el ejercicio de la libertad de opinión, la posibilidad de que alguien pueda expresar su punto de vista; pero eso no implica que se respete dicha opinión, haya obligación de blindarla o custodiarla. Quien opina debe saber que cuando lo hace se expone a ser rebatido; por tanto, debería asegurarse de tener razones de su parte y expresarse bien, esto es, construir su opinión de manera sólida, con argumentos lo más sólidos posible.
Difícilmente lo logrará quien pretenda por la sola vía del “no me gusta” o con el simple “no estoy de acuerdo”, “es mi opinión, es mi opinión” o cualquier falacia al uso mantenerse a salvo de las refutaciones que se le vendrán encima, sobre todo si la materia sobre la que opina en contra ya es conocimiento zanjado, concluyente, o si echa mano de conocimiento caduco, obsoleto, desfasado para argumentar. A esa práctica se le conoce como negacionismo, y señalarlo no es un ataque personal.
En conclusión, estamos obligados a respetar que todas las personas puedan opinar, pero no a respetar el contenido de la opinión que viertan. En algunos casos, incluso, la opinión vertida puede pisar territorios pantanosos y constituir delito, como en la apología del terrorismo en Perú, el negacionismo sobre algunos hechos históricos que implicaron crímenes de lesa humanidad —como en Alemania, por ejemplo, sobre el holocausto judío en manos de los nazis— y en delitos de odio como la discriminación e incitación a la discriminación contra las personas por razones derivadas de su identidad, entre ellos el sexo, la identidad de género y la orientación sexual. La humanidad civilizada ha acordado que en estos casos las acciones criminales se han disfrazado de opinión y la usan como coartada para hacer daño a otros, de modo que no es admisible en modo alguno porque no existen seres humanos de segunda categoría. Esa siempre será una absoluta falacia, y habrá que refutarla sin demora.










