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¡Me declaro Anarcaviar!

ds arnacaviar

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He inventado un término: “anarcaviar”. Me lo he plantado encima con total desparpajo, y como quien se cura en salud, porque sea que me mantenga en este periodo de vida en Europa —en mi terreta de adopción, Valencia— o que se materialice un posible retorno a mi país de origen en algún momento, es imposible cortar el lazo con la realidad latinoamericana en general y peruana en particular, y ante ella es importante establecer una posición que refleje los cambios de perspectiva que se han gestado en mí desde que puse un pie fuera y tomé distancia.

Sí: salir cambia la perspectiva. Si eso ocurre cuando se hace turismo, mucho más cuando se realiza una inmersión en otras realidades sociales, especialmente si en el proceso hay un trabajo intelectual —en mi caso un máster en Género y Políticas de Igualdad— que permite revisar los propios presupuestos y darse permiso para cuestionarlos y confirmar su solvencia o su debilidad. Solo Dios y los estúpidos no cambian.

Siempre me he identificado filosóficamente con los anarquismos —porque son varios, de distinta naturaleza, ese es otro artículo—, puesto que parten todos de la incomodidad ante la preeminencia e imposición de unos seres humanos sobre otros organizando para ello una estructura —el Estado— que se erige como presunta única forma de organización política que haga viable la convivencia humana. Las posiciones al respecto fluctúan entre la aceptación de su rol transitorio como mal necesario y el rechazo irreductible.

En mi caso, opté por lo primero. Y por eso, en algún punto entre 2007-2008, cuando ni en Perú ni en América Latina se hablaba al respecto, adopté una etiqueta que fue también de mi propia cuña: anarcolibertaria. Ignoraba yo la trayectoria del término “libertario” como sinónimo de “anarquista” en el mundo español, un anarquismo más bien comunitario y de raigambre popular. Ningún lazo con el neofascismo de Milei y sus adláteres.

Por entonces, aún no implosionaba la realidad peruana —y latinoamericana— como ocurrió después del gobierno de Ollanta Humala, entre 2009 y 2015, y principalmente durante el régimen breve de Pedro Pablo Kuczynski, bombardeado ferozmente por el fujimorismo voraz, y no se veían del todos los remiendos y podredumbres del “modelo” económico que durante tres décadas había gestado un espejismo de crecimiento y prosperidad que grandes sectores peruanos hemos asumido como una verdad incontrovertible, un dogma intocable.

Es imposible negar que, en términos macroeconómicos y monetarios, el “modelo” tuvo sus virtudes al contener la inflación brutal de la década de los ochenta, y propiciar las inversiones extranjeras que generaron un crecimiento del mercado. Es cierto que, frente a la depresión paupérrima de las economías familiares de los años precedentes, aquello significó una mejora y, frente a ella, las generaciones que hoy bordean los 50 a 60 años, naturalmente idealizaron el alivio, cerrando los ojos frente a otros aspectos que recién nos reventaron en el rostro de manera amplia y masiva cuando se produjo la pandemia del Covid-19.

Fue entonces que la verdad del “milagro peruano” mostró toda la dimensión de su mentira, que hoy los sectores políticos de derecha y ultraderecha conservadora procuran tercerizar. Haber sido el país con más muertos por millón —con el doble del segundo en la lista, Hungría— en esa crisis sanitaria global no fue gratuito: fue obra directa del “modelo” neoliberal, aunque su aparato de propaganda ha logrado el prodigio indudable de moldear la conciencia y mirada del ciudadano promedio de tal manera que muy pocos consiguen establecer esa relación directa entre el “modelo” que nos gobierna desde 1990 y la precariedad del país.

La pandemia del Covid nos mostró lo endeble del beneficio real para los peruanos de aquel “crecimiento” tan publicitado, expuestos a la lógica antropófaga de la codicia; que solo hemos recibido migajas del “crecimiento” que se vive desde los años 1990, con cada vez menos derechos sociales y laborales, sin vivienda digna, con educación paupérrima e indefensión frente a la corrupción, la precariedad y la delincuencia; mientras que las clases empresariales, financieras y políticas han sido las únicas en robustecerse y empoderarse, encareciendo la vida para que sus cuentas sigan creciendo, incluso a costa de la previsionalidad —las AFP—.

Ese estatus de cosas es el que la derecha y ultraderecha pretenden mantener sin dudas ni cuestionamientos. Lo demás, es caviar. Pero en ese escenario, la izquierda peruana tampoco ha conseguido articular ni un discurso ni una propuesta que permitan identificarla como una vía elegible, más allá de su voto duro ideológico o del rechazo hacia las candidaturas de la orilla contraria, llámese antikeikismo o antiporkysmo.

Frente a ello, al discurso privacitista que no tiene ninguna voluntad de atender las necesidades e intereses públicos (es más: las niega), al endiosamiento dogmático de un falso libremercado en una economía en realidad dominada por oligopolios voraces, a la indiferencia y uso político de la inseguridad ciudadana para el control social, al terruquismo y la simplificación del debate político, a la corrupción descarada de los clubes monopólicos electorales que cambian las reglas para seguir enquistados en una seudodemocracia; pero también frente a la insensatez del progresismo local en los temas económicos, su infantilismo y adopción de la misma lógica corrupta del neoliberalismo y su espíritu acomodaticio, me declaro ferviente anarcaviar.

Ya les explicaré en un siguiente artículo, con detenimiento, qué significaría esta postura, cuáles serían sus alcances, de cara a lo que se viene en las elecciones de 2026.

El Heraldo del Perú
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