Yo también viví en Miraflores, pero en otro tiempo, uno más amable, más liviano, menos intoxicado por la corrección política, las cámaras de seguridad y los chats vecinales. Un tiempo donde uno se cruzaba con un loco en la calle y no le tenía miedo, sino curiosidad. Donde se podía fumar en los parques sin que una señora jubilada sacara su celular para denunciarte en el grupo de WhatsApp del vecindario. En fin, otro Miraflores. Uno que quizá ya no existe. O quizá sobrevive en las orillas, en los márgenes del distrito, que alguna vez fue bohemio, rebelde, y sobre todo, humano.
He vivido toda mi vida en Miraflores, y eso, para bien o para mal, te forma, te moldea, te marca como un tatuaje invisible. Nací en el barrio costero, entre las olas y los atardeceres anaranjados del malecón. Crecí entre artistas, músicos, actores, y sí, algún loco simpático que hablaba con los árboles. Pero todos, sin excepción, tenían algo que hoy parece escaso: alma.
Ahora vivo en el llamado barrio suizo —la parte “bonita” de Miraflores, la que sale en los folletos inmobiliarios, donde las casas tienen cerco eléctrico y los perros son de raza y tienen más derechos que algunos humanos. Vivo ahí hace ocho años, aunque cada año se me hace más largo. Es un barrio ordenado, pulcro, lleno de árboles bien podados y avenidas silenciosas. Pero detrás de esa fachada de perfección suiza, se esconde una verdad incómoda: es un barrio insoportable.
Lo diré sin rodeos. El barrio suizo apesta. No por su olor —que en realidad es más a desinfectante de lobby de edificio que otra cosa—, sino por su energía. En el aire solo corre negatividad. Es como vivir dentro de un filtro de Instagram donde todo se ve bonito, pero por dentro hay una tristeza rancia, una amargura que se pega a la piel como humedad de baño mal ventilado. Los vecinos son esnobs profesionales. Políticos caviares retirados, de esos que creen que por haber firmado una columna en Caretas tienen autoridad moral sobre el mundo. Viudas de exministros que arrastran su nostalgia con aroma a Channel No. 5 y mirada de juicio permanente. Gente que no te saluda, que te voltea la cara, como si uno fuera un intruso en su Disneylandia triste.
Lo peor es que se creen especiales. Son los reyes del pasillo del Wong, los duques del Starbucks sin espuma, las marquesas del grupo vecinal que deciden qué árbol podar, qué ciclista reportar, y qué niño está haciendo mucho ruido en el parque. Son, en una palabra, Karens. De manual. Con sus muecas de desdén y su inglés aprendido en los años 70 en algún viaje a Toronto.
Una vez, un señor asiático —creo que era chino— caminaba por el parque, saludando con ternura a los niños. No hablaba español. Lo reportaron como “sospechoso”. ¿Sospechoso de qué? ¿De ser amable? ¿De tener otro idioma? ¿De no tener el perfil “aprobado” por la junta vecinal? En este barrio suizo, la diferencia no se celebra: se teme. La diversidad no se abraza: se expulsa.
Otra vecina, una señora sola, con mirada noble y corazón bueno, fue lapidada socialmente porque un vecino, que probablemente se aburre de tanto no tener vida, difundió un rumor falso sobre ella. Y como aquí nadie pregunta, solo se cancela, la mujer terminó invisible. Le voltean la cara como si tuviera lepra. Y eso que estamos en el siglo XXI.
En este barrio, se puede vivir muy bien… siempre y cuando uno no necesite humanidad. Casas modernas, edificios con gimnasio y sauna, pero sin alma. Todo está diseñado para que no hables con nadie. Uno puede vivir diez años en el mismo edificio sin saber el nombre del vecino del piso de abajo. No se escucha música, no se escuchan risas, no se escucha nada. El silencio aquí no es paz, es vacío. Un silencio clínico, como de quirófano. Y eso, para alguien que viene del barrio costero, es simplemente insoportable.
Porque el barrio costero —ah, el barrio costero— es otra cosa. Es la vida misma. Ahí crecí. Entre músicos como Pedro Suárez Vértiz, que tocaba la guitarra con el alma, incluso cuando su voz empezó a apagarse. Entre bandas como Mar de Copas, que llenaban las noches con acordes melancólicos, y vecinos que te invitaban un café solo porque sí. Artistas, surfers, bohemios, gente sencilla, pero brillante. Algunos muy exitosos, pero jamás arrogantes. Y sobre todo, todos compartían algo que el barrio suizo nunca podrá comprar en sus ferias orgánicas ni en sus brunches de domingo: autenticidad.
En el barrio costero uno no era solo un vecino, era parte de una comunidad. Te saludaban, te escuchaban, te conocían. Si alguien estaba mal, todos lo sabían, y no para juzgarlo, sino para ayudarlo. Si alguien tenía éxito, lo celebraban, no lo envidiaban. Era, y es, un barrio con alma. Y eso, en estos tiempos donde todo se mide por likes y por el valor del metro cuadrado, es casi un milagro.
Por eso, cuando me preguntan: “¿Tú eres de La Aurora, no?”, sonrío con tristeza y digo que no. A pesar de haber pasado mi infancia temprana ahí —de los 0 a los 7 años— y a pesar de vivir allí hace 8 años —desde que tengo 17—, no me siento de La Aurora. No soy del barrio suizo. No lo reclamo. No lo celebro. Lo padezco. Lo sobrevivo.
Yo soy, y siempre seré, de San Antonio. El barrio costero. El barrio donde aprendí a mirar la vida con otros ojos, donde me enseñaron que lo importante no es la fachada, sino lo que hay adentro. El barrio donde todo comenzó. El barrio que me representa. Que me contiene. Que me inspira. Y que, si pudiera, no dudaría en volver a pisar cada mañana, aunque tenga menos glamour y más baches.
Porque prefiero mil veces un barrio desordenado, pero vivo, que uno perfecto pero muerto por dentro.
Miraflores es un gran distrito, sí. Pero no todos sus barrios son iguales. Algunos te abrazan. Otros te excluyen. Y uno, en especial, te recuerda por qué vale la pena quedarse. Aunque solo sea en la memoria.
Y en esa memoria —la mía— el barrio suizo será siempre una postal bonita pero lejana. Y San Antonio, en cambio, será hogar.
Ese hogar que no se compra. Ese que uno se gana, viviendo.
Ese que, como la música de Mar de Copas, nunca se olvida.










