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Las familias tienen un enemigo y no es la comunidad lgtbiq+

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Junto con la supuesta protección a la niñez, otro de los “argumentos” preferidos para recortar derechos a las personas lgtbiq+ utilizado por todos los gobiernos y parlamentos neofascistas que se erigen en el mundo, en países como Hungría, Estados Unidos, Italia, Argentina o el propio Perú, o por sus simpatizantes en otros estamentos estatales como el gobierno comunitario de Madrid que encabeza la populista Isabel Díaz Ayuso, es el de una supuesta confrontación entre la diversidad sexogenérica y el concepto de familia.

Autodenominada “profamilia”, esta Internacional antiderechos difunde sin pudor su falacia. “Sí a la familia natural, no a los lobbies LGBT”, llegó a señalar la primera ministra italiana Giorgia Meloni durante un mitin político del ultraderechista español Vox en 2022. Su lesbohomotransfobia se concretizó poco después, cuando se prohibió en Italia la inscripción de la segunda madre de niños nacidos en Italia a través de reproducción asistida, es decir, la filiación de las madres lesbianas. Así, se han borrado de los certificados de nacimiento los nombres de las madres no gestantes. Esas familias no les importan.

Dondequiera que aparecen, envalentonados por el efecto de pánico y furor que provocan sus mensajes incendiarios entre sectores ciudadanos desencantados de la política y pulverizados por la precariedad económica, repiten vez tras vez sus bulos hasta el paroxismo. A continuación, revisaremos seis de ellos, para demostrar que se trata —otra vez— de un falso y tendencioso dilema, cuyo propósito inocultable es exacerbar odios y convertir a las llamadas “minorías sexuales” en el chivo expiatorio que el neofascismo necesita para subsistir, la sangre que estos vampiros de la política requieren para mantenerse con vida.

Bulo 1: Existe un solo tipo de familia

Basta con revisar un diccionario cualquiera para saber que esto no es verdad. El de la RAE, que no es precisamente un diccionario “woke”, “progre” o “caviar”, indica, por ejemplo, en su primera acepción, o sea, la acepción mayoritaria, lo siguiente: “Familia: Grupo de personas vinculadas por relaciones de matrimonio, parentesco, convivencia o afinidad”.

También se le puede preguntar a Grok, la IA de Elon Musk, que responderá así: “La familia es un grupo de personas unidas por lazos de sangre, matrimonio o elección, que comparten afecto, apoyo y responsabilidades. Puede incluir padres, hermanos, abuelos, parejas, hijos u otros seres queridos, y su forma varía según culturas y contextos. Es un espacio de amor, cuidado mutuo y, a veces, también de retos, donde se construyen vínculos significativos”.

Podríamos recurrir a la historia y la antropología para desmontar este bulo, pero en realidad es tan simple como mirar alrededor. ¿Cómo es nuestra familia? ¿Cómo son las familias de nuestros barrios? ¿Son todas iguales? Y la respuesta será que no, claramente. La “Familia Ingalls” (aquella conformada por papá, mamá e hijitos) no es ni de lejos la conformación más común. Porque una cosa es lo que se crea que deben ser las familias, y otra cosa muy distinta cómo son en la realidad. Y no solo porque así ocurre por razones circunstanciales, sin matrimonio o sin pareja de por medio, sino también porque así lo deciden muchas personas, y eso forma parte de la libertad humana. 

Bulo 2: Existe una “familia original”

Esta idea tiene un origen religioso evidente. Pero quienes creen que Adán y Eva fueron los primeros seres humanos y que ellos, con sus hijos Caín y Abel nada menos, fueron la “familia original”, están en muchos problemas para sostenerlo, no solo por las clásicas preguntas sobre de dónde les salieron esposas a esos críos si no había más gallinas en el gallinero, sino porque de tanto desgañitarse reclamando la autoridad absoluta de la biología cuando se trata de diversidad sexual, los cristofascistas al uso tendrían que aceptarla igual sobre el origen del ser humano, ¿no? ¿O ahí ya no les gusta la biología?

Eso sucede por no reforzar la comprensión lectora para entender por fin que esas y otras historias judías sobre los orígenes son, pues, nada más que relatos míticos para subrayar la naturaleza sagrada del ser humano, no para seguirlas al pie de la letra como si se tratase de códigos de leyes. Porque si eso pretenden hacer, habría que señalar de inmediato que en esos relatos no se habla de familia y mucho menos de matrimonio, instituciones que tal como las conocemos hoy, no existían. Lo único que se establece ahí es el hecho de que los seres humanos, si quieren y les provoca, pueden reproducirse.

Para entonces, Charles Ingalls y su hermosa familia, que tanto han inspirado a estos falsos nostálgicos, todavía no habían nacido, y el modelo de familia que representan tardará todavía decenas de miles de años en gestarse y establecerse como un tipo de familia frecuente. Hace poquito en realidad, durante el siglo XIX.

Bulo 3: Existe una “familia modelo”

Si hablar de una familia original con base en aquellos relatos judíos de la Biblia es tan complicado desde el punto de vista de las ciencias históricas, antropológicas y sociológicas, más difícil todavía es hablar de una “familia modelo”, porque lo primera que habría que preguntar es ¿modelo de qué?, y ¿a cuál de ellas nos referimos?

Un recorrido a vuelo de pájaro por las historias que aparecen en las Escrituras judeocristianas, de las que, supuestamente, se alimenta la idea de una “familia modelo” a la que las sociedades deben prestar atención, nos mostrará que ninguna se ajusta a tales ideales románticos.

Empezando por la familia “original” de Adán y Eva, que después de granjearse la enemistad del propio Dios al evadir su responsabilidad y culparse mutuamente para después achacar sus errores a una serpiente, fue tan modélica que se convirtió en el escenario del primer crimen de la historia, el fratricidio de Caín contra Abel.

Ni qué decir la familia del patriarca Noé, quien después de salvar a la humanidad en el arca, se pegó una borrachera tan grande que terminó paseando desnudo y después maldijo al hijo que lo vio así. Ni la del padre de la fe, Abraham, quien para salvar el pellejo expuso a su esposa a ser violada por otro hombre, además de tener un hijo con la criada de la casa y estar dispuesto a matar a su propio hijo por sus ideas religiosas, entre otras perlas. Tampoco la familia de Lot, cuyas hijas lo emborracharon para acostarse con él y así asegurar descendencia.

¿La de Jacob, entonces, el mentiroso que estuvo a punto de hacer lo mismo que su abuelo con su esposa y que tenía arrebatos de furia temibles? ¿O la de Moisés, el niño abandonado que ya adulto asesinó a un egipcio y se convirtió en prófugo? ¿Tal vez la familia de David, el rey bisexual que envió a un soldado fiel como carne de cañón solo para poder acostarse con su esposa? ¿O su hijo Salomón, el del harén de mil mujeres que se empeñó en quitarle la pareja a un ciudadano, y luego lo relata romantizando la situación en el Cantar de los Cantares?

Y podríamos proseguir con todo el listado de reyes violentos y abusivos que tuvieron ambos reinos hebreos, hasta llegar a la propia familia de Jesús, un niño criado nada menos que por su padrastro luego del escandaloso embarazo de su madre “virgen” y a quien sus propios hermanos (entre ellos Jacobo y Judas, convertidos luego en líderes de la iglesia) querían poner camisa de fuerza porque lo consideraban un loco. A otro perro con ese hueso de la familia “modelo”.

Bulo 4: Existe una “familia tradicional”

Familias tradicionales hay muchas: depende de qué tradición se hable. Porque todas las tradiciones son válidas, siempre que no impliquen desconocer, irrespetar, invalidar, restringir o atropellar los derechos de las personas, por ninguna razón.

Por ejemplo, es positivo que exista un sector de la sociedad que reivindica la llamada “familia tradicional cristiana” para referirse, por supuesto, al tipo de familia de esa religión de los últimos dos siglos; pero si en esa “tradición” se justifica la violencia o el sometimiento de las mujeres o de los niños, ahí esa práctica deja de ser válida.

Aquí un paréntesis: es seguro que antes del siglo XIII había más variedad de familias en esa misma tradición cristiana. Está muy bien documentado, por ejemplo, que hubo familias conformadas por dos personas del mismo sexo unidas por la iglesia en la llamada adelfopoiesis, una suerte de unión civil. Una de ellas fue incluso declarada “santa”, la de Sergio y Baco. Y no eran sacerdotes, solo “amigos” tan íntimos que en muchas lápidas se conservan inscripciones como esta: “El amor los unió en la vida. Que la tierra los una en la muerte”.

Claro que hay que ser conservadores, pero hay que conservar los principios, los valores, los derechos, no la ignorancia, los prejuicios ni los abusos.

Por otro lado, que un grupo de personas, por más grande que sea, suponga que su tradición es “la” tradición, la única válida, la que importa, la que debe ser normativa para el resto de las personas, por minoritarias que sean, eso no se llama democracia ni Estado de derecho. Eso se llama tiranía.

Hay, pues, familias tradicionales católicas, evangélicas, ateas, agnósticas, heteroparentales, homoparentales o homomarentales, monoparentales y monomarentales, familias compuestas, familias ensambladas… y según la Constitución peruana, que no distingue el tipo, todas deben ser protegidas, como ya se verá.

Bulo 5: Las personas lgtbiq+ son enemigas de la familia.

¿Quién no tiene una familia? No quién vive con su familia ni quién ha procreado. Porque de una manera u otra, todos los seres humanos tenemos una familia, y ya se ha visto que esta puede ser de muchos tipos. ¿Entonces, en qué sentido, las personas lesbianas, gays, trans, bisexuales, intersex, queer y demás identidades pueden ser “enemigas de la familia”? Esa afirmación es una ficción, aunque tiene un significado evidente: que quienes afirman tal cosa rechazan a todas las familias que no son o no pretenden ser como la “Familia Ingalls”. 

Ese rechazo perjudica a la mayoría. Por si no se cree, se pueden revisar las cifras en el caso de Perú, que no son muy diferentes a las de otros países: para 2021, había en este país sudamericano 9,3 millones de familias, de las cuales, 39% estaban conformadas por parejas con hijos (la “Familia Ingalls”); pero 21% eran familias compuestas, 13% familias monoparentales y monomarentales, otro 13% familias unipersonales, 9% familia de parejas sin hijos y 5% son familias sin vínculo de pareja. Es decir, el 61% de las familias peruanas que no formaban parte de la “Familia Ingalls”. ¿Más de la mitad del Perú, entonces, también es enemiga de la familia? Y ojo con este dato adicional: 31% de familias no incluyen una pareja en ese registro. ¿También son enemigas de la familia?

Se trata, pues, de una acusación absurda. Lo único que significa es que el cristofascismo vive y quiere imponer una ficción: la ficción de que existe un solo tipo de familia, original, modelo y tradicional. Y que usa esa ficción como un pretexto para desatar su homofobia y transfobia, para atacar a las personas lgtbiq+.

Bulo 6: La prevalencia de un tipo de familia excluye a las demás.

¿Ha dejado de existir la familia en el Perú porque solo la minoría de 39% de las familias peruanas son la “Familia Ingalls”, con papá, mamá e hijos? Pues no. Y es muy simple de entenderlo: ese tipo de familia no es y nunca ha sido el único.

Hay muchas formas de conformar familias, con y sin procreación. Se puede procrear sin pareja. Se puede criar sin pareja. Se puede ser familia sin vínculo sanguíneo o parentesco. Se puede tener dos padres o dos madres. O uno solo. Y seguir siendo familia. Ningún tipo de familia excluye a la otra. Y ese es el sentido en el que nuestra Constitución Política del Perú señala en el artículo 4:

“La comunidad y el Estado protegen especialmente al niño, al adolescente, a la madre y al anciano en situación de abandono. También protegen a la familia y promueven el matrimonio. Reconocen a estos últimos como institutos naturales y fundamentales de la sociedad.

La forma del matrimonio y las causas de separación y de disolución son reguladas por la ley”.

El matrimonio se promueve. Es decir, se promociona, se le dan facilidades, se estimula. Pero a la familia, ¡a la familia se la protege, en todas sus formas!

Interesante comprobar que, en ninguno de ambos casos, la Ley de Leyes peruana –en consonancia con la Declaración Universal de los Derechos Humanos en sus artículos 16 y 17, que todos los países civilizados del mundo han suscrito– especifica algún tipo de matrimonio o familia en particular como normativas (y bien reza el principio jurídico que “donde la ley no distingue, tampoco debemos distinguir”), ni tampoco dice que haya algún tipo de familia que merezca recibir esa protección mientras que otras no.

Así que, atención: cuando un fachirulo o fachirula intenta presentar a las personas lgtbiq+ como enemigas de la familia, habrá que responder como corresponde, que el único verdadero enemigo de la familia es todo aquel o aquella que no reconoce ni defiende ni respeta a todas las familias en todas sus conformaciones, como hacen ellos descaradamente.

El Heraldo del Perú
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