En su más reciente libro, ¿Quién teme al género?, la filósofa Judith Butler realiza un abordaje minucioso a la pandemia de odio que se ha desatado a escala global. Una de sus observaciones al respecto es que quienes militan en los movimientos antigénero ha renunciado voluntariamente a cualquier tipo de razonamiento o diálogo racional, basado en la discusión crítica del conocimiento existente respecto de esa categoría conceptual, la revisión de la literatura. Simplemente, en un temor irracional y desmedido, han asumido como ciertas todas las fantásticas afirmaciones que circulan desde púlpitos, libros, redes sociales y cargos públicos, atribuyéndole al “género” toda clase de ideas y propósitos perversos, malignos, destructivos.
Este temor, que es la otra cara del odio, activa los mecanismos de lucha o huida que suelen aparecer bajo amenazas reales o ficticias, en pos de la supervivencia. En ese escenario, el discurso argumentativo, la discusión, el debate, la lectura, son percibidos como parte de la amenaza, y por eso se rechazan de plano o se combaten con furia sin ninguna revisión. Se prefiere el pensamiento mítico al pensamiento crítico, se descarta evaluar la evidencia porque ya existe un juicio previo (prejuicio). Se adopta la agresión verbal y física, el rechazo, las medidas grupales de exclusión, etcétera.
Como seres humanos, tememos nuestra propia destrucción y la de nuestras familias y seres queridos. Es un temor comprensible, porque la propia vida humana ya es de por sí vulnerable, y hay factores que la ponen en mayor riesgo (el cambio climático, el crecimiento de la pobreza y los abismos sociales, la crisis de vivienda, la posible pérdida de empleos ante la irrupción de las IA, las guerras, la indefensión sanitaria, etcétera) o se piensa que puede ser así (la migración, la diversidad sexogenérica, el feminismo, etcétera).
Los cambios son percibidos como amenazas latentes e inminentes, las situaciones nuevas causan perplejidad, y de ello aprovechan los sectores político-religiosos que han usado siempre el control social, para seguir imponiendo su posición de poder hegemónico. Lo hacen orientando el temor colectivo por el futuro incierto, no hacia las verdaderas causas, sino hacia los sectores o grupos que pueden significar un desafío para esa posición dominante, acusándoles de ser la causa u origen de estos factores de riesgo. El viejo mecanismo del chivo expiatorio.
Si la situación económica se hace cada vez más precaria, las clases medias desaparecen y los ricos se hacen cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres, no es por la carrera codiciosa de los grandes países y grupos de poder económico global que usan el planeta como si los recursos fueran inagotables, sino por culpa de los migrantes. Si la familia “tradicional” –la que surge a fines del siglo XIX con la industrialización– está en crisis no es porque el propio sistema la pauperiza y devora sometiéndola a condiciones de vida infrahumanas, quitándole servicios, posibilidad de una vivienda digna y derechos laborales, sino porque existen personas gays, trans o mujeres feministas.
Como anota Butler, es muy difícil en ese contexto articular discursos que puedan convocar a la reflexión o hacerlo desde la racionalidad, con argumentos, evidencia, lectura crítica, repaso del conocimiento existente, porque el temor anula la voluntad de escuchar razones. Relata la anécdota que le ocurrió en Suiza, cuando una señora la abordó para decirle que estaba rezando por ella. “¿Y por qué reza usted por mí?”, indago curiosa la filósofa. “Pues porque las Escrituras enseñan que Dios creó al hombre y a la mujer, y usted, a través de sus libros, niega las Escrituras”. Intrigada, Butler le consultó: “¿Y cuál de mis libros leyó usted?”, y la respuesta le explicó todo: “¡No, nunca leería un libro así!”.
Me ha ocurrido muchísimas veces lo mismo, que, ante mis artículos, libros o videos, en que procuro aportar explicaciones, evidencias y desplegar los mejores recursos didácticos para explicar conceptos que evidentemente están siendo malentendidos o por lo menos se está dejando de lado aspectos importantes, he recibido comentarios como “Basura de video: ¡lo silencié de inmediato porque no voy a escuchar esas porquerías!”. Eso en el mejor de los casos.
Por ejemplo, es una constante que se afirme que las mujeres trans no somos mujeres porque nacimos con un pene y que eso no lo podemos negar, aunque queramos. ¡Pero es evidente que nacimos con un pene, por eso el sufijo “trans”! ¿En qué momento negamos ese hecho biológico? Lo que afirmamos es que una característica anatómica de nuestro cuerpo sexuado no define toda nuestra sexualidad, y la evidencia más concreta es que ¡existimos!, y nos identificamos con el género contrario al que nos asignaron, y que muchas vivimos como tales sin pretender por eso ser mujeres nacidas con una vulva.
Eso proviene de una distinción científica moderna, que ahora diferencia sexo biológico, género y orientación sexual como tres componentes de la sexualidad humana. No son una invención; todos los seres humanos los tenemos. Todos nacimos con un cuerpo sexuado, todos nos identificamos con un género desde pequeños y todos sentimos atracción por otros seres humanos a partir de determinada edad. Todos. Nada más que una mayoría piensa –por razones morales o religiosas– que la única manera “correcta” de identificarse con un género o de sentir atracción es la suya: heterosexual y cisgénero.
O, en cuanto al género, que es el término tan temido, no importa cuánto se explique que existen elementos de la sexualidad que no pueden ser atribuidos a la biología y que, por tanto, son de naturaleza socioafectiva (eso es el género): los mismos que rechazan la evolución de las especies –un campo del saber biológico–, y que afirman que existe un alma –que no es biológica–, apelan a la biología para decir que la sexualidad es solo biológica (no hay género o el género es solo biológico). Y que los homosexuales se comportan como “animales” por instinto (o sea, de acuerdo con la biología), pero niegan la homosexualidad en otras especies (como demuestra la biología) o creen que no es aplicable al ser humano porque no somos solo animales (no somos solo seres biológicos).
¿En qué quedamos?
¿Vale la pena entonces seguir argumentando, identificar inconsistencias, recomendar o citar lecturas? Se podría decir desesperanzadamente que no, pero no es así. Existe todavía un importante sector de la población que sí está dispuesto a escuchar, a razonar, a despojarse de prejuicios –que todos tenemos– si se le aporta la evidencia pertinente. No es un sector mayoritario, es cierto, pero es valioso para el crecimiento y fortalecimiento de la ciudadanía plena, aquella que se orienta hacia la convivencia pacífica, hacia el buen vivir en armonía con el entorno y con los demás. Por ellos –en que nos incluimos– vale la pena no perder la buena costumbre de argumentar.
Pero, ¿qué de los amplios sectores que, como aquellos fanáticos religiosos que se taparon los oídos ante Esteban y arremetieron con furia contra él para matarlo porque desafiaba sus prejuicios (está en el libro de los Hechos, en el Nuevo Testamento), mantienen una actitud cerrada y violenta hacia la reflexión y el pensamiento crítico, sobre todo en temas como la igualdad de género y la diversidad, como conceptos que más bien ayudan a conformar sociedades más justas y humanas?
Es un reto mayúsculo. Butler propone salir de lo meramente discursivo y acercarse desde la empatía, combatir esas taras –aquí es bueno recordar aquellos de “duro con los problemas, suave con las personas”– con una “evangelización” desde la creatividad, desde la empatía hacia el temor justificado frente a un futuro incierto, desde los puntos de convergencia frente a los verdaderos problemas que nos acechan y agobian como humanidad.
Como diría hace cuarenta años el cantautor argentino Fito Páez, en una de sus más celebradas composiciones: “¿Quién dijo que todo está perdido? / Yo vengo a ofrecer mi corazón”.










