Un buen amigo peruano que vive aquí en España, con quien compartimos temporadas en las mismas iglesias evangélicas en los años ochenta y luego después del año 2000, me compartió un video que circula en las redes sociales bajo el título “Estudio científico destruye la teoría de género, la biología se impone a la ideología”, compartido en el muro de un grupo de Facebook denominado “Rafael López Aliaga Presidente”, nada menos, lo que de por sí da un anticipo de por dónde irán los tiros en la campaña electoral de este personaje: lejos de ofrecer una propuesta, se dedicará a polarizar y sembrar el miedo y el odio, tal como ya hacen sus alfiles políticos en el Parlamento, encabezados por Alejandro Muñante.
“¿Qué opinas sobre este estudio?”, es la pregunta que me hizo este buen amigo, siempre respetuoso, por cierto, aunque no comulguemos en muchos aspectos. Desde luego, el resorte que se activa de inmediato ante esta clase de cansinos videos y publicaciones antigénero es el rechazo, en cuanto –por lo general– repiten los mismos insistentes “argumentos” pueriles, superfluos y negacionistas de la evidencia científica, retorciendo datos y adoleciendo de tantas inconsistencias que se requeriría un libro entero en cada caso para explicar desde el comienzo por qué el “sentido común” al que suelen apelar no alcanza para el debate.
Pero en reciprocidad con el genuino interés de mi buen amigo, me dispuse a ver el video y responder a su pregunta. En este caso, se trataba del extracto de un aparente documental basado en los resultados del estudio que realizó la doctora Gerianne Alexander, profesora del Departamento de Ciencias Psicológicas y Cerebrales de la Universidad A&M de Texas. El estudio que ella publicó se tituló «Asociaciones hormona-conducta en la primera infancia», y se puede encontrar en el siguiente enlace, para los interesados: https://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S0018506X09001731
Lo revisé y también la intensa discusión al respecto que se produjo en 2009, el año de su publicación. Como expliqué a mi amigo, se trata de un trabajo muy interesante y sin duda valioso para ampliar nuestro conocimiento sobre las asociaciones que existen entre las hormonas y las conductas en la primera infancia, en particular las relacionadas con la sexualidad humana. No obstante, se trata de un trabajo que ha sido ampliamente cuestionado, no por sus resultados, sino por la manera que tuvo Alexander de interpretarlos y de saltar a conclusiones, así como de fallos metodológicos en su elaboración. Eso se puede verificar en las redes académicas.
Para entender el contexto en que estas discusiones se producen, es necesario saber que existe desde la década de los años 1940 una amplia disputa científica entre quienes sostienen que son los factores biológicos los que “determinan” la conducta/identidad sexogenérica (biologicismo) y quienes sostienen lo contrario, que son los factores sociales/culturales (constructivismo) los que producen esa conducta/identidad sexogenérica. A despecho de los seguidores de una y otra, es necesario señalar que ambas corrientes han ido aportando muchísimos estudios con abundante evidencia para sostener las dos posturas.
El trabajo de Alexander, que se inclina por una mayor influencia biológica, es uno entre muchos. Y del otro lado también existe una amplia batería de estudios y casuística. ¿Quién tiene la razón si ambas corrientes aportan evidencia de la influencia de ambos factores? Quienes difunden estos videos bajo titulares grandilocuentes suelen ignorar o desconocer que, en ciencia, a diferencia del campo teológico o ideológico, dos verdades contrapuestas pueden convivir a veces sin posibilidad de encontrar una solución a esa tensión del conocimiento.
Un ejemplo claro es el de la teoría cuántica y la teoría de la relatividad. Ambas han demostrado distintos niveles de verdad en variados aspectos concretos. La cuántica, a niveles subatómicos; mientras la relatividad a grandes escalas del universo; ambas teorías –en la acepción científica de la palabra teoría, que no es la del dogma– con leyes físicas que se contraponen y que hasta se consideran incompatibles, como son los casos de la gravedad cuántica, la superposición y el entrelazamiento cuántico. Frente a eso, se propone la posibilidad de una teoría unificadora, la teoría del todo, que aún no se ha alcanzado.
Por estas razones, aportan poco o nada al conocimiento de los públicos amplios –que se alimentan de este tipo de videos– lo que hacen muchos divulgadores desde ideologías o corrientes políticas que mal usan los estudios científicos como abono para sus posturas y discusiones electorales. Como en el video mencionado, tales memeólogos suelen saltar a conclusiones que no nacen de los estudios (a veces ni siquiera de los videos, pues el titular suele decir algo que no se encuentra en el contenido), y que rebasan el propósito y alcance que estos estudios han tenido en el momento en que fueron realizados por sus investigadores.
En la Universidad A&M de Texas, en que Gerianne Alexander trabaja, existe un programa de Estudios sobre la Mujer y el Género que plantea cuestiones completamente ajenas a lo que este video y quienes lo difunden aseguran, como eso de que este estudio científico «destruye la teoría de género» y demás afirmaciones que realiza también el narrador en español del audiovisual en cuestión.
Y es que, lejos de lo que se suele creer y difundir desde los movimientos antigénero, la teoría de género no es un dogma con un decálogo de verdades inmutables que se impone a sus estudiosos, sino un conjunto de conocimiento muy amplio que incluye posiciones encontradas en torno del concepto “género” y una permanente revisión crítica. Aunque no conozco la trayectoria de Alexander en profundidad, es claro que su trabajo está centrado en la relación hormonas-conducta, y que probablemente participe de una posición inclinada a ponderar más los factores biológicos que los sociales en materia de género. Pero eso es completamente factible sin que “destruya la teoría de género” y también en medio de controversias y críticas a los alcances de su estudio.
Lo cuestionable, en todo caso, es el uso que se da a estas investigaciones desde posiciones ideológico-políticas, derivando conclusiones apresuradas. Eso resulta claro cuando se compara el lenguaje que usa la investigadora en su estudio, con la cuidadosa elección de términos para decir –por ejemplo– que los resultados “sugieren” tal o cual cosa, frente al lenguaje utilizado por los difusores del video en sus titulares y presentaciones en las redes sociales, hablando de “demostrar” o “destruir”. No hay que olvidar que la demostración científica de un estudio tiene niveles de alcance limitados previamente por el propio estudio.
Con estas precisiones previas, mi respuesta a la consulta amical fue que, dada toda la evidencia a favor tanto de la influencia biológica como de la influencia social, me inclino más a considerar que ninguno de los dos factores prevalece o determinada nada, sino que ambos interactúan. En ese sentido, me ubico en la línea de lo que expuso en su momento la notable bióloga norteamericana Anne Fausto Sterling, quien en su libro Cuerpos sexuados (2004) analizó cien años de estudios realizados sobre el debate naturaleza versus cultura para mostrar que la evidencia parece indicar que los factores biológicos influyen en los sociales o culturales tanto como los factores sociales influyen en los biológicos.
Es necesario precisar en ese marco que ya desde los años 1930 se estudia el papel de las hormonas en la sexualidad humana, pero que desde los años 1990 se ha ido abandonando la terminología “hormonas sexuales” para referirse a la testosterona y a los estrógenos porque otros estudios vienen demostrando que su papel no es solo el de diferenciación sexual, como se venía creyendo. Es decir, que hablar de “hormonas sexuales” es un anacronismo científico a estas alturas, porque las funciones de estas y otras hormonas no están relacionadas solo con las sexuales o reproductivas, sino con muchas otras funciones fisiológicas como la metabólica o incluso neuronal. Aun así, todavía algunos estudiosos insisten en esa denominación, como parece ser el caso de Alexander.
Es decir, si se parte de la presuposición de que estas hormonas son “sexuales”, pues las respuestas que se encontrarán de seguro serán de esa naturaleza.
No es muy difícil rebatir las conclusiones a las que Alexander llega en cuanto a lo que su estudio “sugiere”, y que los difusores de las ideologías antigénero magnifican y consideran la “demostración definitiva”. Tomemos, por ejemplo, el asunto del camioncito, que los varoncitos prefieren, según el estudio. ¿Qué pasaba entonces con los varoncitos del siglo XVIII o de la prehistoria, cuando no existían los camioncitos como identificadores de “masculinidad”? ¿Qué elegían? ¿Y cómo lo sabría la biología de cada cual, si es algo genético anterior a la creación de estos artefactos u otros artefactos y su atribución masculina? Además, ¿por qué el camioncito se atribuye al género masculino? ¿No hay mujeres camioneras acaso?
Otro aspecto que merece ser tomado en consideración es la muestra. En este caso, fueron 21 niños y 20 niñas menores de cuatro meses. Una pregunta metodológica que no responde el estudio es ¿cómo y por qué se les eligió?, pues solo menciona por qué se descartaron algunos casos. Y otro sesgo importante es el dimorfismo o binarismo de fondo, con la no inclusión de participantes intersex (1,7 por ciento de nacimientos a nivel mundial), cuya configuración física difiere de quienes han sido asignados como niños o niñas. Esto implica por sí mismo una limitación para saltar a conclusiones que puedan ser generalizables.
Por si ese sesgo no fuese suficiente, sobre los resultados que arrojaron los niveles hormonales de estos participantes, el propio estudio señala lo siguiente: “Las diferencias sexuales en la testosterona, el estradiol y las proporciones de los dígitos fueron en la dirección esperada, pero las diferencias de grupo fueron pequeñas y no estadísticamente significativas”. Es decir, encontraron pequeñas diferencias a nivel hormonal, pero eso no significó lo que el video deriva de manera sensacionalista.
Otro aspecto cuestionable se relaciona con la lectura de los resultados: ¿Qué indica la respuesta de interés de niños y niñas a los diferentes estímulos visuales, si las diferencias de los niveles hormonales, como dice la autora, “fueron pequeñas y no estadísticamente significativas”? ¿Por qué se salta a creer entonces que la preferencia por los camioncitos determina una influencia en la definición del género y no simplemente una mayor sensibilidad a ciertos estímulos visuales particulares? Porque nadie en su sano juicio ha cuestionado que la testosterona o los estrógenos tengan influencia en la conducta diferenciada de las personas. Lo que no se demuestra es que eso determine identidades de género.
Como es evidente, se salta con demasiada facilidad a conclusiones y afirmaciones categóricas, porque se cree que la ciencia funciona como la teología, donde existen verdades absolutas e inmutables. Y no. Aquí solo se demuestra que, a nivel de estímulos, los menores que tienen más testosterona reaccionan levemente con más atención a ciertos estímulos, cuya elección y características no se han medido ni establecido con certeza ni rigor.
Tan es así que –como recoge Judith Butler en su libro ¿Quién teme al género? – cinco años después del estudio de Alexander, el Comité Olímpico Internacional (COI) y la Agencia Mundial Antidopaje financiaron un estudio en que se analizaron los niveles de testosterona en casi setecientos atletas profesionales de distintas disciplinas deportivas. El New York Times publicó que el estudio descubrió algo impensado: 16,5 por ciento de los hombres tenía niveles bajos de testosterona y 13,7 por ciento de mujeres niveles altos; y, en el resto de participantes, los niveles se solapaban (no había diferencia significativa).
Por eso en 2021, el COI decidió revisar sus directrices de 2015, en que exigían a mujeres (“biológicas”, intersex y trans incluidas) reducir sus niveles de testosterona, pues los estudios realizados no encontraban ninguna incidencia en el rendimiento deportivo, como lo demostraba el hecho de que muchos hombres “biológicos” con niveles más bajos que cualquiera de ellas compitieran en deportes de élite sin menoscabo alguno. De ahí también que el director médico y científico del COI, Richard Budgett, reconociera que ya no era posible ponerse de acuerdo sobre los niveles de testosterona “válidos” para cada cual, en lo que a competiciones deportivas se refería.
Se trata de un tema muy amplio, como se puede ver. Pero volviendo al estudio de Alexander, conviene insistir en estas preguntas: ¿qué tiene que ver la preferencia por los camioncitos con la identidad de género? ¿Es que acaso a una niña trans –asignada varón al nacer– no pueden gustarle los camioncitos? ¿O que a un niño trans –asignado mujercita al nacer– no pueden gustarle las muñecas? ¿Será acaso que un niño masculino no podrá ser gay en el futuro y sentirse atraído por otros varoncitos y seguir siendo muy masculino? ¿O no existe suficiente evidencia también de mujeres lesbianas ultra “femeninas” atraídas por otras mujeres lesbianas tan “femeninas” como ellas?
Por eso, ante las abundantes evidencias en favor tanto de la influencia biológica como de la influencia cultural en el desarrollo de la conducta/identidad sexogenérica y del deseo, prefiero pensar con Anne Fausto Sterling y con Judith Butler, que la sexualidad humana es compleja, y que los factores biológicos y culturales interactúan y se sinergizan tanto en las vidas individuales como en las colectivas, y es una influencia que se produce a través de los tiempos y de manera distinta en las diversas sociedades. Vale decir, que cuál sea nuestra identidad de género y nuestra orientación sexual será el fruto de un coctel complejo y único de factores biológicos, afectivos y sociales, y no el resultado de solo uno de esos factores.
Ante esa evidencia, lo que cabe es que los seres humanos nos aceptemos tal y cuáles somos: diversos, inclasificables en las casillas sexuales de lo meramente biológico, porque incluso lo biológico es un terreno también complejo y diverso. En lugar de ir buscando la sinrazón para “demostrar” que millones de seres humanos estamos equivocados en ser quienes somos y en amar o desear como amamos y deseamos, y recortarnos por eso, derechos y libertades como si fuéramos un peligro social, un mejor camino es el del mutuo respeto, para forjar sociedades en las que quepamos todos, todas y todes por igual, con vidas que puedan ser vivibles. Esa búsqueda nos tendría que alejar de las propuestas religiosas, políticas o electorales que tienen como agenda el odio y la deshumanización del prójimo.










