Muy a menudo leo en las redes sociales hablar y escribir sobre la “generación de cristal” para referirse a los jóvenes de hoy, de milenials en adelante. En tono evidentemente peyorativo, los llaman así porque supuestamente adolecen de una fragilidad extrema que les impide afrontar los retos de la vida sin quebrarse fácilmente y lloriquean por las esquinas, a diferencia —también supuesta— de las generaciones precedentes (mi generación, por ejemplo), que habrían sido fantásticamente resilientes ante situaciones tan extremas que ni les cuento, capaces de superar enormes desafíos con el valor de Chuck Norris, la fortaleza Schwarzenegger, el estoicismo de Stallone y la cara de palo de Van Damme juntos.
Sin embargo, esta mirada de la generación X hacia atrás es nada más una huachafa romantización que sigue a pie juntillas aquello de que “todo tiempo pasado fue mejor”, la pretensión decadente de quienes nos acercamos peligrosamente al final de la vida y no nos estamos haciendo más jóvenes, periodo en el cual solemos añorar lo perdido y, en virtud de esa nostalgia, abandonar la saludable autocrítica que nos podría acercar a cierta sabiduría al fin, porque algo se tendría que aprender de este breve paso por el planeta Tierra.
Para curarme en salud diré que, ya que se nos ha dado en llamar a los jóvenes de hoy la “generación de cristal”, los jóvenes de ayer tendríamos que rebautizarnos, a tenor de la popularidad que alcanzó en nuestro tiempo este material, como la “generación de plástico”. Porque, valgan verdades, aunque el plástico pueda soportar mucho –dicen que esa es nuestra “virtud”–, en contraparte también es tóxico por naturaleza, contaminante y su perduración en el tiempo no es garantía de nada, porque suele sostenerse en la vida muy estropeado, dañado y dañando a las siguientes generaciones de humanos y otras especies.
En efecto, nuestra “generación de plástico”, a diferencia de la llamada “generación de cristal”, es la misma que ha normalizado la violencia, el abuso y la prepotencia hasta elevarlas a rango de virtud —dudosa por supuesto—, igual que la resignación por parte de los abusados. Es la misma que ha celebrado y pretende perpetuar el modelo del “sin dudas ni murmuraciones”, y que llega al orgasmo cuando alguna autoridad enarbola algún símbolo militar, duro o violento, un arma, un saludo nazi o una motosierra.
La “generación de plástico” venera la subordinación, avala una sociedad organizada en opresores y oprimidos en nombre de la “fortaleza del carácter” y de que “la ley del más fuerte” es un imperativo de la naturaleza. Su discurso favorito es: “Resiste, aguanta, aprende y luego haz lo mismo que hicieron contigo a los que vienen; trátalos con violencia, con abuso y con prepotencia si quieres triunfar. Y si no puedes, allánate y cierra la boca, deja de lloriquear”.
Efectivamente, se trata además de una generación sexista, que invalida las emociones, considerándolas debilidad y, por tanto, cosas “de mujeres”. Así, los “débiles” son siempre unos maricas, afeminados, a quienes les falta “hombría”, niñitas quejosas. Aunque, a su vez, tampoco quiere –ni hombres ni mujeres de esta generación plástica– que la mujer abandone su “rol natural”, pues debería seguir siendo sumisa para ser una buena mujer. La mujer virtuosa es la que “calladita se ve más bonita”. Y la que osa desafiar ese modelo de los hombres fuertes, enfrentarlo, denunciarlo, es siempre una machorra, una feminazi, una loca, una bruja o una puta. Y hay que ubicarlas, esto es, usar la fuerza contra ellas para someterlas o marginarlas.
Es cierto que la vida tiene sus durezas y dificultades, y sin duda es necesario desarrollar resiliencia para poder afrontarlas. Pero no es eso lo que en realidad la “generación de plástico” defiende. Porque hay que distinguir entre aquellas dificultades que no podemos cambiar o que se mantienen lejanas a nuestro control, de las que no solo podemos cambiar, sino que debemos cambiar como un imperativo moral.
Las primeras son el resultado de nuestra humana vulnerabilidad como mortales que vivimos en el espacio y en el tiempo: enfermedades, accidentes, desastres naturales, crisis económicas, ataques terroristas, pandemias, la muerte. Aparecen como zarpazos del destino sin que podamos hacer gran cosa para sortearlos, solo resistir, esperar que pase la ola y resurgir, recomponernos en cuerpo, alma y todo lo que haya que recomponer. En algunos casos, podríamos mejorar las condiciones y atenuar los efectos —prevenir desastres, comprar seguros, ahorrar, cuidar nuestra salud—, pero, por lo general, es poco o nada lo que podemos hacer, y menos de manera inmediata.
Los otros desafíos, en cambio, al ser obra directa del ser humano, desde las acciones personales de egoísmo, mezquindad, odio o crueldad, hasta las que son sistémicas (complejo de estructuras sociales, económicas y políticas violentas), como el machismo, el sexismo, las desigualdades, las discriminaciones, la pobreza, la explotación, la corrupción; esas no las tenemos que tolerar, y no nos hace “resilientes” aceptarlas con resignación solo para no pasar por débiles o por “generación de cristal”.
Por el contrario, en esos casos, la resiliencia consiste más bien en levantar la voz, tomar iniciativa, ejercer ciudadanía, participar activamente en las acciones de organización social destinadas a buscar el cambio hacia una sociedad más justa, igualitaria, solidaria y sin discriminación hacia nadie, por ninguna razón. Especialmente cuando se trata de proteger a los sectores más vulnerables de la población, frente a discursos que fomentan el odio, la segregación, la violencia, la cacería de brujas y el atropello de derechos humanos básicos bajo cualquier pretexto.
Por eso, cuando la supuesta “generación de cristal” se resiste a tolerar el maltrato, el abuso laboral, la obediencia ciega, el trabajo en horas extras o las prácticas preprofesionales impagas, los maltratos físicos y psicológicos de las autoridades (policías, padres, curas, profesores, políticos, jefes), los chistecitos denigrantes, el gaslighting, el mansplanning, los micromachismos, y cualquier forma de abuso emocional en la pareja, y prefieren renunciar a someterse como borregos a esa normalización de la opresión, ¡claro que es una generación de cristal!… pero del bueno, del cristal templado y antibalas, no de plástico deleznable, viejo y caduco.










