Esta semana, Lima me llevó a reflexionar sobre Venezuela. En dos días, conocí a dos hombres que huyeron de la misma tragedia, pero que cargan visiones radicalmente distintas sobre el futuro de su país. Cada uno, con sus palabras, me revelaron dos Venezuelas: una resignada a la derrota y otra aferrada a un milagro improbable.
Óscar, sommelier en un bar de Miraflores, lleva nueve años en Lima. Es originario de Lechería, en el estado de Anzoátegui, y viene de una familia que lo tenía todo: empresas en el sector petrolero, propiedades, comodidades. Hasta que el régimen chavista les expropió todo. Me lo dijo con una calma inquietante mientras servía un Riesling con milimétrica precisión. “Nos quitaron las empresas, las casas, todo. Nos dejaron en la calle”. Ahora, Óscar vive con lo justo en un pequeño departamento en Barranco y no tiene esperanzas de que las cosas mejoren.
“Venezuela está perdida”, me dijo sin pestañear. María Corina Machado y Edmundo González, según él, no son más que otra falsa promesa. “Igual que Guaidó, igual que Leopoldo. Un teatro para que el pueblo se sienta ocupado, mientras todo sigue igual”. Habla con el tono cansado de quien ha sido testigo de demasiadas traiciones. Su madre sigue en Venezuela, atrapada en la rutina de un país donde sobrevivir es la única meta. Óscar no piensa volver. “¿Para qué? Allá ya no queda nada”.
Al día siguiente, conocí a Hernando, un conductor de Uber que me llevó desde La Molina hasta San Isidro. Hernando es de Maracaibo, pero lleva siete años en Lima junto a su esposa, una margariteña. A diferencia de Óscar, Hernando está lleno de energía. Durante el trayecto, me contó sobre su sueño de regresar a Venezuela. “Hermano, esta vez sí va pa’lante. El régimen está flojito, y esos bichos no tienen cómo aguantar más”, me soltó con un entusiasmo desbordante.
Hernando cree que María Corina Machado es diferente. “Esa jeva no se cala cuentos. Tiene los ovarios bien puestos, ¿sabes? No se va a dejar comprar, como hicieron los otros”. Según él, hay hasta rumores de que un grupo privado americano, Blackwater, está dispuesto a apoyar con logística militar. “¿Sabes lo que es eso? ¡Se van a cagar los chavistas, compadre!”.
Habla con un optimismo contagioso, aunque bordeando la ingenuidad. Piensa que el régimen está más débil que nunca, sobre todo porque sus principales aliados internacionales están ocupados en sus propias crisis: Rusia enfrascada en Ucrania, Irán ocupada con Israel y Cuba demasiado agotada para ayudar.
“Mira, mi mujer y yo ya estamos haciendo planes pa’ volver a Margarita, montar un negocito. Allá va a haber chance otra vez, chamo. Lo siento en el alma”. Me contaba en pleno tráfico de la Javier Prado.
Mientras escuchaba a Hernando, no podía dejar de pensar en Óscar. Ambos huyeron del mismo país, pero cargan perspectivas irreconciliables. Óscar ve a Venezuela como un caso perdido; Hernando, como una tierra de oportunidades esperando su liberación. Me pregunté quién de los dos tenía razón.
La historia reciente de Venezuela no ayuda a ser optimista. Cada intento de oposición parece desvanecerse en un mar de corrupción, divisiones internas y una maquinaria estatal diseñada para reprimir. Sin embargo, tampoco se puede negar que ningún régimen autoritario es eterno. Caen cuando menos se espera, a veces por su propio peso.
Óscar representa a la Venezuela desencantada, esa que ya no cree ni en los políticos ni en el pueblo. Hernando, en cambio, encarna a la Venezuela que sigue soñando, la que cree que esta vez sí es diferente. Tal vez Hernando sea un iluso condenado a otra decepción. Tal vez Óscar sea un cínico que no ve que los cambios, aunque lentos, pueden suceder.
Quiero creer en Hernando. Quiero imaginarlo regresando a Margarita con su esposa, abriendo su negocio, viviendo en un país donde el futuro sea algo más que una fantasía. Pero la realidad es más cercana a la amargura de Óscar. Los venezolanos han vivido demasiados años de falsas promesas, de liderazgos que se desmoronan al primer empujón.
Quizá el futuro de Venezuela esté, como ellos dos, dividido entre la desesperanza y la fe. Tal vez ni Óscar ni Hernando tengan razón del todo, porque el destino de un país no depende solo de líderes carismáticos ni de rumores sobre ejércitos privados. Depende de que el pueblo recupere la confianza en sí mismo, en su capacidad de resistir y de exigir cambios.
Desde mi rincón en Lima, solo puedo esperar que esta vez sea diferente. Que Óscar encuentre una razón para creer, y que Hernando no termine desilusionado. Porque sin esperanza, no hay futuro. Pero sin realismo, tampoco hay victoria.
Quizá Venezuela no sea hoy un caso perdido ni esté a punto de liberarse, pero la lucha entre estas dos visiones es, en última instancia, el motor de todo cambio. Y en esa tensión entre el desencanto y la fe está el germen de un posible renacer.










