A cinco años de haberse declarado la pandemia por la Covid-19, habría que declarar de una vez otra, de naturaleza distinta, aunque igual de devastadora: la pandemia antiderechos.
Como un virus de alta peligrosidad, traspasa fronteras infectando el mundo de odio y prepotencia hacia minorías de diverso tipo, cual no se veía desde las décadas de 1930 y 1940. Pero, sin duda, una de las más afectadas por esta estrategia de dominación es la comunidad de personas transgénero y no binarias, contra quienes los poderes políticos enfilan lo más brutal de su artillería jurídica, penal, política, económica y mediática.
No es el único objetivo, sin duda, pero sí el primero, como se puede comprobar en todos los discursos de todos los líderes del neofascismo mundial: Trump y Musk a la (doble) cabeza de los Estados Unidos, pero también Milei en Argentina, Meloni en Italia, Orbán en Hungría, Le Pen en Francia, Weidel en Alemania, Abascal en España, y por supuesto en Perú personajes recalcitrantes como el alcalde de Lima Rafael López Aliaga o el congresista Alejandro Muñante. Al unísono truenan contra una población a la que llaman “insignificante”, aunque buscan todas las maneras posibles de perjudicarla, obsesivamente la atacan y soliviantan a las mayorías para que las discriminen y ataquen.
¿Por qué este ensañamiento? Primero, porque estratégicamente les permite organizar con mucha rapidez y efectividad una gran adhesión de aquellos sectores sociales que simpatizan con el autoritarismo como modelo de gobierno y que requieren un chivo expiatorio para justificar los atropellos que se cometan en nombre del orden, la seguridad y hoy “la protección de los niños”, así como generar dudas en los sectores más tibios e indiferentes.
Esta campaña tiene un poder de convocatoria enorme. Prueba de ello es la cada vez más desfachatada y violenta emisión y validación de los mensajes transfóbicos en la sociedad, no solo en las redes sociales, sino también en los medios de comunicación. A lo que no se conoce bien, por ignorancia o desinformación, se le teme; y a lo que se le teme, se le odia.
Un ejemplo de esto son las recientes declaraciones del conocido chef y conductor de televisión peruano Giacomo Bocchio, famoso por su participación en El Gran Chef y por sus programas de recetas culinarias. Con verdadera ferocidad declara estar dispuesto a ir “a la cárcel” con tal de afirmar orgullosamente que las personas trans no deberían usar los baños de mujeres, que eso es “regalar derechos” y que otros “pagarán” por tal supuesta liberalidad.
Bocchio replica los argumentos que se repiten una y otra vez desde los espacios neofascistas de la política peruana y mundial: que niñas y mujeres peligran porque “un hombre vestido de mujer” ingresa a los baños “inclusivos”, como si no fuera al revés: que son las mujeres trans quienes comprobadamente peligran en los baños masculinos, pues el 99 por ciento de los agresores sexuales son hombres heterosexuales según las cifras oficiales, y porque más del 70 por ciento de los agresores son familiares y conocidos de las víctimas, con lo que habría que prohibir —de acuerdo con esta “lógica” sin evidencia— la convivencia de niñas y mujeres con sus esposos, padres, padrastros, abuelos, hermanos, tíos o primos.
Pero hay una segunda razón por que los discursos antiderechos han enfilado sus baterías en primer lugar hacia la comunidad transgénero y no binaria: por la capacidad que esta “victoria” en lo que llaman la “guerra cultural” tiene de ablandar las resistencias a tolerar otras formas de sometimiento a las disidencias del sistema político y económico hegemónico, el de los grandes poderes y capitales. Un sistema que se sostiene desde hace siglos sobre la concepción binaria de la sexualidad y que normaliza los roles de subordinación de un enorme sector de la población que era mano de obra barata o no pagada, pero iba conquistando cada vez más espacios: las mujeres.
Las disidencias de género y otras diversidades parecidas son un tropiezo en ese camino de retorno al modelo hegemónico que tan bien representan distopías como la del “Cuento de la criada”, entre otras. Hoy van por las trans y las migraciones; mañana lo harán contra el resto de las siglas LGTBIQ+, las personas con discapacidades, las neurodivergentes —hoy que escribo, ya despeñó Trump por segunda vez sobre las personas autistas— y luego, cuando sea completamente aceptada la prepotencia antiderechos, por las mujeres. Si hay alguna vacuna contra esta pandemia de odio y discriminación neofascista es, sin duda, el pensamiento crítico. Espacios para poner sobre el tapete estos discursos adormecedores, apañados de medias verdades y falacias, que apelan a los miedos sociales y buscan cabezas de turco para calmarlos. Por eso agradezco a El Heraldo del Perú por la invitación a escribir esta columna que lleva por nombre Sin Maquillaje porque, precisamente, trataremos de abordar la actualidad global con una mirada crítica, descarnada, documentada e independiente.










