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Bon Jovi, la Sra. G y la traición a la derecha

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La Sra. G tiene 55 años, pero es como si viviera eternamente en los ochenta. Su alma vibra al ritmo de “Livin’ on a Prayer” y todavía conserva el póster de Bon Jovi que adornaba su cuarto de adolescente en Barcelona. Llevaba más de tres décadas en Perú, pero nunca había dejado de ser española, ni de derechas, ni fiel detractora del socialismo. Era una señora que, si pudieras reducir a una ideología, sería un catálogo de valores liberales clásicos: amor por la libertad individual, desconfianza al Estado, y ese anhelo nostálgico por un mundo que nunca existió, pero que en su mente siempre está al borde de regresar.

Sin embargo, este año ocurrió algo que nadie vio venir.

La Sra. G había seguido con fascinación las elecciones presidenciales en Estados Unidos. Como era de esperarse, Donald Trump era su favorito. Decía que, aunque el magnate era todo menos encantador, al menos tenía un carácter fuerte y claro, algo que para ella era sinónimo de liderazgo. Trump encarnaba esa rebeldía antisocialista que tanto admiraba. Y aunque la Sra. G siempre había tenido una personalidad inamovible en sus convicciones políticas, su corazón tenía una debilidad que la traicionaría: Bon Jovi.

Para la Sra. G, Jon Bon Jovi no era solo un cantante. Era una deidad, una especie de Apolo moderno que, guitarra en mano, había compuesto la banda sonora de su vida. Sus canciones no eran meros hits de radio; eran himnos que la acompañaban en la carretera, en el trabajo y, por qué no decirlo, en los momentos más íntimos de su existencia. Por eso, cuando se enteró de que Bon Jovi había lanzado una canción en apoyo a Kamala Harris titulada “The People’s House”, su mundo tambaleó.

Al principio, lo tomó como una traición personal. ¿Cómo era posible que su héroe apoyara a una candidata que representaba todo lo que ella rechazaba? Kamala Harris, para la Sra. G, era poco menos que una encarnación de la corrección política y el progresismo que detestaba. Intentó resistirse. Decía en voz alta, como para convencerse, que Bon Jovi era solo un músico y que sus opiniones políticas no tenían por qué influir en las suyas.

Pero una tarde, mientras escuchaba la canción con curiosidad masoquista, algo cambió.

No sabía si era la melodía, la pasión en la voz de Jon, o simplemente el hecho de que, después de tantos años, seguía creyendo que él cantaba para ella. Pero de pronto, comenzó a ver a Kamala Harris con otros ojos. Se descubrió a sí misma buscando entrevistas de Harris, leyendo sobre sus políticas, e incluso defendiendo a la candidata en conversaciones con sus amigos. “Bueno, al menos tiene carisma, ¿no?”, decía, como para tantear el terreno.

Fue un proceso lento pero implacable. Para sorpresa de todos, la Sra. G pasó de apoyar a Trump a ser una ferviente defensora de Kamala Harris. Algunos de sus amigos pensaron que había perdido la cabeza; otros creían que era una broma elaborada. Pero ella, lejos de sentirse hipócrita, decía que había sido iluminada.

“¿Qué puedo decir? Jon me hizo ver las cosas de otra manera,” declaraba con una sonrisa. “Si él cree en Kamala, ¿cómo no voy a hacerlo yo?”

El cambio en la Sra. G desató discusiones acaloradas en su círculo social. Algunos la acusaron de ser una fanática sin criterio, una veleta emocional que se dejaba llevar por un músico que, según ellos, no tenía idea de política. Otros se limitaron a observar con incredulidad cómo una mujer que siempre había defendido la libre empresa ahora justificaba medidas progresistas con argumentos sacados de Wikipedia.

Pero lo más fascinante de esta historia no es la conversión ideológica de la Sra. G, sino lo que revela sobre el poder de los ídolos. Porque, aunque la política es una cosa seria, las emociones son mucho más poderosas. Y en el caso de la Sra. G, su amor por Bon Jovi superó cualquier principio, cualquier lógica, y cualquier convicción.

Quizás esto sea un recordatorio incómodo de que, al final, todos somos un poco como la Sra. G. Podemos creer que somos racionales, que nuestras opiniones están basadas en hechos y análisis fríos. Pero la verdad es que nuestras pasiones —ya sea por un cantante, una película o un equipo de fútbol— pueden hacer que demos giros inesperados y, a veces, incoherentes.

¿Fue la Sra. G traidora a sus ideales? Tal vez. Pero, si me preguntan, también fue honesta consigo misma. Porque la política, con toda su complejidad, no es más que otra expresión de nuestra humanidad, y la humanidad está llena de contradicciones.

Así que, aunque la Sra. G haya cambiado de bando gracias a una canción, al menos tiene algo que muchos políticos en estos días parecen haber perdido: autenticidad. Y eso, por más irónico que suene, es más valioso que cualquier postura ideológica.

El Heraldo del Perú
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