Dina Boluarte ha convertido la presidencia en una trinchera de improvisación, opacidad y descontrol. Su gestión ha sido una sucesión de escándalos, errores y silencios mal manejados que han erosionado la confianza pública y debilitado aún más la institucionalidad del país. En este artículo analizamos sus principales crisis, los errores de comunicación que las agravaron y por qué urge profesionalizar la gestión de la comunicación gubernamental en el Perú.
Un gobierno que nunca dejó de estar en crisis
Desde que asumió el poder en diciembre de 2022, Dina Boluarte ha gobernado más a la defensiva que con propósito. En lugar de construir una narrativa institucional clara y una agenda de gestión coherente, su mandato ha transitado entre escándalos, ministros de paso, decisiones erráticas y, sobre todo, una ausencia abrumadora de estrategia comunicacional.
En poco más de dos años ha tenido más de 65 ministros y cuatro presidentes del Consejo de Ministros. Ese solo dato ya evidencia la inestabilidad interna del Ejecutivo. Pero lo más preocupante no ha sido la rotación de nombres, sino la falta de criterios sólidos para sus designaciones, muchas de ellas cuestionadas, improvisadas o producto de cuotas políticas.
Pero más allá del gabinete, lo que verdaderamente ha marcado este periodo es una gestión permanente de crisis mal gestionadas. Y lo más grave: casi todas autogeneradas por la propia presidencia.
Las crisis que marcaron su caída reputacional
1. Protestas y muertes por represión (diciembre 2022 – marzo 2023): El gobierno respondió con represión y silencio a las movilizaciones que siguieron a la vacancia de Pedro Castillo. Más de 60 muertos, denuncias internacionales y una presidenta que nunca mostró empatía ni asumió responsabilidad. Un manejo comunicacional distante, técnico, defensivo y sin rostro humano.
2. Fuga de Vladimir Cerrón (octubre 2023): Mientras el líder de Perú Libre desaparecía tras ser condenado por corrupción, el Estado miraba a otro lado. Ninguna acción contundente. Ninguna explicación creíble. El silencio, otra vez, como estrategia. ¿Complicidad o incompetencia?
3. Caso Rolex (marzo 2024): La aparición de relojes de lujo en manos de la presidenta detonó un escándalo de alcance internacional. ¿De dónde salieron? ¿Por qué no fueron declarados? La ausencia prolongada de respuestas, el uso del silencio como escudo y las versiones contradictorias de los ministros solo alimentaron la sospecha.
4. Cirugías estéticas ocultas (abril 2024): En plena crisis política y social, Boluarte se sometió a procedimientos quirúrgicos sin informar oficialmente su ausencia del cargo. La información se ocultó al Congreso y al país. Otra oportunidad perdida para actuar con transparencia y responsabilidad.
5. Caso Kalihwarma (junio 2024): Alimentos distribuidos a escolares en mal estado provocaron intoxicaciones. El gobierno culpó a proveedores y evadió responsabilidades institucionales. Faltó empatía, proactividad y, sobre todo, presencia comunicacional clara y humana.
6. Masacre en Pataz (diciembre 2024): El asesinato de 13 trabajadores mineros vinculados a la empresa Poderosa reveló el avance del crimen organizado y la nula presencia estatal en zonas estratégicas. Ni voceros preparados, ni comunicación de crisis. Solo indiferencia.
7. Crisis de inseguridad y crimen organizado (2023 – 2025): Sicariato, extorsión, cobros de cupos y homicidios se han multiplicado en todo el país. Lima y Trujillo viven bajo amenaza permanente. Las respuestas: estados de emergencia ineficientes, discursos genéricos y una presidenta que desaparece cuando más se necesita liderazgo.
El patrón común: improvisación, silencio y falta de criterio
Cada una de estas crisis pudo haberse contenido con liderazgo visible, una estrategia de comunicación clara y vocerías preparadas. En cambio, se optó por el silencio, la negación y la improvisación. Un gobierno más capacitado habría previsto escenarios, activado protocolos, mostrado empatía y asumido responsabilidad desde el primer momento.
¿Cómo evitar esto en el futuro? La Oficina Nacional de Comunicación Estratégica Gubernamental
El Estado no puede seguir dejando su comunicación institucional en manos de ministros con escasa preparación o equipos improvisados. El daño reputacional a la presidencia, al aparato estatal y a la democracia misma ha sido devastador.
Por eso, urge la creación de una Oficina Nacional de Comunicación Estratégica Gubernamental, con las siguientes funciones:
– Diseñar y ejecutar la comunicación del gobierno de manera unificada, coherente y estratégica.
– Capacitar a funcionarios y voceros en gestión de crisis, medios y comunicación institucional.
– Monitorear la percepción pública y anticipar riesgos reputacionales.
– Gestionar la relación con la prensa y asegurar la transparencia y el diálogo ciudadano.
– Centralizar la planificación y respuesta ante emergencias comunicacionales.
Conclusión: No se puede gobernar bien si no se comunica bien
El caso de Dina Boluarte no es solo una lección política. Es una advertencia institucional. Un Estado sin estrategia de comunicación es un Estado vulnerable, incoherente y expuesto a crisis que se multiplican.
Porque comunicar no es solo informar. Es construir confianza, ejercer liderazgo y generar legitimidad. Y cuando un gobierno falla en eso, como ha fallado este, la ciudadanía no solo se aleja… se indigna.
La comunicación, en política, no es un accesorio. Es la piedra angular del poder.










