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Tres historias de mujeres que convirtieron sus bodegas en fuente de independencia y progreso

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Cada 12 de agosto se celebra el Día del Bodeguero en el Perú, una fecha que pone en relieve el rol fundamental de estos negocios en la economía local y en la vida cotidiana de millones de familias. Según un estudio de Kantar realizado en junio de este año, el canal tradicional concentra más del 70% del comercio de consumo masivo en el país. Un dato adicional confirma la relevancia femenina en este sector: más del 65% de las bodegas están lideradas por mujeres, de acuerdo con cifras de la Asociación de Mujeres Bodegueras del Perú.

En ese marco, se dieron a conocer las historias de tres emprendedoras que reflejan cómo la resiliencia y la cercanía con la comunidad pueden convertir una bodega en motor de independencia y progreso.

Elsa Tanta tomó la decisión de abrir su negocio hace cinco años, tras un cambio personal importante en su vida. Lo que empezó con pocos productos se transformó en un espacio de estabilidad para su familia. Durante la pandemia, implementó pedidos vía WhatsApp y fortaleció el vínculo con sus clientes. A la par, participó en capacitaciones sobre reciclaje y empoderamiento que reforzaron su visión de negocio. Su meta es abrir una segunda tienda y consolidar un legado familiar.

Yudith De La Cruz inició su bodega apenas dos semanas antes de que se decretara la emergencia sanitaria. Con un pequeño stock y sin vitrinas, comenzó a vender desde la puerta de su casa. Con el respaldo de sus vecinos y su esfuerzo diario, pudo pagar un préstamo inicial y sostener a su familia. Hoy planea transformar su local en un market, convencida de que la perseverancia es clave para avanzar.

Pamela Santiváñez asumió la conducción del negocio familiar tras el fallecimiento de su madre. Lo que empezó como una responsabilidad se convirtió en una oportunidad de innovación: modernizó su tienda, diversificó la oferta y abrió una heladería que complementa sus ingresos. Gracias a sus esfuerzos, logró financiar los estudios universitarios de su hija. Participar en capacitaciones le permitió, además, transmitir confianza a sus clientes sobre los productos que comercializa.

Estas tres experiencias reflejan cómo las bodegas son mucho más que puntos de venta. Se convierten en espacios de confianza, centros de interacción social y herramientas de independencia económica. En cada caso, la innovación y la adaptación a los cambios en los hábitos de consumo fueron determinantes para mantener y hacer crecer los negocios.

La contribución de empresas como PepsiCo al desarrollo del canal tradicional se enmarca en programas de acompañamiento que incluyen capacitación, promoción del reciclaje y fortalecimiento de competencias empresariales. Este vínculo busca generar sostenibilidad en los pequeños negocios, que son piezas clave en el abastecimiento cotidiano de los peruanos.

Las historias de Elsa, Yudith y Pamela confirman que ser bodeguera significa más que manejar un local: es asumir un rol de liderazgo en la comunidad, crear oportunidades y demostrar que la perseverancia abre caminos.

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El Heraldo del Perú
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