El diagnóstico de cáncer en la infancia no solo transforma la rutina médica de un niño, sino también su mundo emocional y el de toda su familia. Frente a hospitalizaciones prolongadas, procedimientos invasivos y cambios físicos visibles, es natural que aparezcan miedo, ansiedad, tristeza o incluso alteraciones en la conducta. Por ello, el cuidado de la salud mental se ha convertido en un componente esencial dentro del proceso de recuperación.
En el Perú se registran alrededor de 1 900 nuevos casos de cáncer infantil cada año, según estimaciones basadas en Globocan 2022, mientras que a nivel mundial la cifra bordea los 400 000 casos anuales. Detrás de cada número hay una historia familiar que enfrenta incertidumbre, desgaste emocional y la necesidad de adaptarse a una nueva realidad. El acompañamiento psicológico permite brindar herramientas para manejar estas emociones y fortalecer la resiliencia del menor.
Especialistas en salud mental coinciden en que la mente y el cuerpo funcionan de manera integrada. Cuando un niño presenta cuadros de ansiedad o depresión, estos pueden influir en su apetito, descanso, adherencia al tratamiento e incluso en su respuesta física. Del mismo modo, padres y cuidadores también requieren contención, ya que su estabilidad emocional impacta directamente en el bienestar del paciente.
Sentirse vulnerable ante un diagnóstico oncológico es una reacción humana. Sin embargo, contar con apoyo profesional oportuno ayuda a transformar el temor en estrategias de afrontamiento, promover espacios de expresión emocional y mantener una red de soporte sólida. En el tratamiento del cáncer infantil, cuidar la salud mental no es un complemento: es parte del camino hacia la recuperación integral.










