Los cambios repentinos en el rendimiento escolar, las dificultades de concentración, la irritabilidad constante o el aislamiento en niños y adolescentes responden a factores emocionales, sociales o vinculados al neurodesarrollo. Interpretar estas manifestaciones como rebeldía, flojera o falta de disciplina impide abordar las causas de fondo. Por ello, resulta indispensable observar la frecuencia, la duración y el impacto de estas acciones en la vida cotidiana antes de juzgar la actitud de los menores.
La relevancia de este panorama se evidencia al considerar que cerca del 30 % de niñas, niños y adolescentes en el Perú —alrededor de 3.17 millones— se encuentra en riesgo de presentar problemas emocionales, de atención o de comportamiento. Estos datos provienen de información difundida por el Ministerio de Salud (Minsa), basándose en un estudio conjunto con Unicef elaborado en el último año.
Renzo Villanueva, psicólogo clínico, especialista en neurociencia y educación y gerente general de la organización Neuro Conecta, sostiene que una manifestación aisada no constituye un diagnóstico de salud mental. Sin embargo, cuando las dificultades persisten e interfieren en el entorno escolar, familiar o social, la situación requiere una evaluación más detenida por parte del entorno cercano.
“Antes de etiquetar a un niño como distraído, flojo, rebelde o problemático, necesitamos comprender qué está ocurriendo. El comportamiento es una forma de expresión y puede estar relacionado con diferentes factores emocionales, familiares, sociales o propios del neurodesarrollo. Observar el contexto es fundamental para saber cómo acompañarlo”, señala Villanueva.
¿Cuáles son las señales que las familias deben observar en el hogar?
Las variaciones profundas en el estado de ánimo encabezan la lista de alertas cuando el niño o adolescente reacciona de forma distante a su comportamiento habitual.
Aparte de las alteraciones anímicas, también aparecen problemas de organización, fallas al seguir indicaciones o distracciones continuas que afectan el aprendizaje en diferentes entornos cotidianos. La irritabilidad marcada, la impulsividad o la incapacidad para regular las emociones representan llamados de atención adicionales, al igual que el aislamiento social, la pérdida de interés en pasatiempos previos y los quiebres en las relaciones con familiares o amigos.
A pesar de estas manifestaciones, la presencia de alguno de estos rasgos no confirma la existencia de un trastorno clínico.
“Una dificultad para concentrarse no significa necesariamente TDAH, de la misma manera que sentirse preocupado no implica tener un trastorno de ansiedad. Una misma conducta puede tener diferentes explicaciones y por eso debemos evitar diagnósticos apresurados”, precisa el vocero.
¿Cómo diferenciar los cambios del desarrollo de una alerta real?
El reto principal para los padres consiste en distinguir las conductas propias de cada etapa del crecimiento de aquellas que demandan asistencia médica especializada por su intensidad y permanencia.
Frente a esta necesidad, desde la entidad Neuro Conecta se promueve la neuroeducación como un recurso de orientación práctica. La meta es acercar conceptos de psicología y neurociencia a los hogares para ayudar a las familias a comprender el entorno de los menores, facilitando así la toma de decisiones informadas.
La solicitud de ayuda profesional sirve como un mecanismo preventivo para identificar careencias y establecer mejores canales de comunicación en casa. Lejos de representar un diagnóstico definitivo, la consulta oportuna guía el proceso de acompañamiento familiar.
“Buscar orientación profesional no significa necesariamente que exista un trastorno diagnóstico. También puede ser una herramienta preventiva para comprender una situación, identificar necesidades y encontrar mejores formas de acompañar al niño o adolescente”, concluye Renzo Villanueva, especialista de Neuro Conecta.









